Mostrando entradas con la etiqueta foodporn. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta foodporn. Mostrar todas las entradas

martes, 1 de marzo de 2016

Nos echamos un caldo con la Güera

Era un sábado por la tarde, y como normalmente sucede, no teníamos dinero. Habíamos llegado al punto de pensar en vender nuestro cuerpo a cambio de comida hasta que el papá de Bea gritó desde el cielo (bueno, desde el piso de arriba): “¿quieren comer pescado?” Por supuesto, aceptamos; un ofrecimiento tan generoso es imposible de rechazar. Así que nos dirigimos al local de pescados y mariscos “La güera” cerca del Bosque de Tláhuac.
El lugar era acogedor y el ambiente agradable, incluso había un cantante que compensaba su falta de conocimiento del idioma de Shakespeare con las ganas que le echaba a sus interpretaciones de “Los bitles” y otros éxitos en inglés.
La mesera que nos atendió (por cierto una mujer sumamente cordial) nos recibió con una quesadilla de pescado guisado con distintas especias y verduras, la cual terminó en el estómago de Bea pues, como ya es bien sabido, no me gusta la cebolla.
En un lugar así, la comida es importante pero la bebida también y, como no hay nada mejor para acompañar el pescado que unas cervecitas, lo primero que hicimos fue pedir unas bien frías. Yo me quería ver moderada ante los papás de Bea así que pedí una Victoria pequeña. Bea, por el otro lado, aprovechando que sus padres pagarían, se dio gusto con una yarda saborizada con mango.
Al momento de ordenar los alimentos, inocentemente, le pregunté a la mesera si había mucha diferencia entre el caldo de mariscos grande y el chico. Me dijo que no y como mi hambre era abundante y apremiante, me atreví a ordenar el más grande. Sobra decir que cuando vi el tamaño del platillo, toda la moderación que me había propuesto se fue al demonio. Era el plato más grande que había visto en mucho tiempo, tenía tres pedazos de pescado, camarones gigantes y una jaiba descomunal. La comida de Bea no se quedaba atrás: era una mojarra enorme acompañada de papas, arroz y ensalada.
El caldo estaba delicioso y, aunque al inicio parecía que no me lo terminaría, ese día descubrí que mi capacidad para comer es mayor de lo que yo creía: no sólo me terminé el caldo, sino que además, le ayudé a Bea con su mojarra, la cual también estaba buenísima y compartimos unos duraznos con crema que ella se atrevió a pedir de postre (aún sin haberse terminado su platillo).

Como la prudencia y la moderación ya se habían perdido desde hacía rato, pedimos otro par de chelas para cerrar la cena con broche de oro y salimos rebotando alegremente del lugar.

A primera vista

Estoy enamorada

¿Cómo estuvo?


Orgásmico

Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el

Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el

lunes, 15 de febrero de 2016

El huarache del Papa

Ese fin de semana teníamos un plan bien establecido, la idea era vegetar viendo películas de terror hasta morir de miedo o quedarnos dormidas en el intento, pues debido a la visita del Papa estaban cerradas todas las vialidades cercanas. Sin embargo, antes de embarcarnos en una tarea tan ardua teníamos que recargar energías y a Haru se le ocurrió, desafiando la cuaresma, ir a degustar los famosísimos huaraches de Jamaica (que no están en Jamaica sino a un lado de la estación del metrobús Mercado Morelos).
El lugar tiene 80 años y es un negocio familiar atendido principalmente por adultos mayores muy amables que nos ofrecieron inmediatamente la carta. Mi usual indecisión alcanzó niveles nunca antes vistos pues el menú mostraba fotos de los diferentes huaraches y quise probarlos todos. Al final, me decidí por el huarache “Doña Meche” que estaba cubierto de mole poblano con pollo desmenuzado y queso. Haru, con su renuencia acostumbrada a salir de su zona de confort culinario, escogió lo que pide siempre que visita ese lugar: un huarache con costilla y mucho, mucho aguacate.
Mientras esperábamos la comida, un trovador callejero llegó con su guitarra a amenizar la ocasión con música de tríos, y nosotras, dejándonos llevar por las melodías, levantamos nuestras copas (de agua de limón) para brindar por las buenas garnachas.
El huarache de mole estaba exquisito pero en cuanto vi la costilla de Haru, se me antojó (la costilla no Haru) y estuvimos de acuerdo en compartir. Aunque el sabor de la carne era buenísimo, estaba un poco dura y, como a mí no me gusta el pellejo, no lo disfruté tanto como al huarache de mole.
Ir a comer con Haru es siempre entretenido, pues sus manías tan particulares hacen de cualquier comida todo un espectáculo. En esta ocasión, se empeñó en cortar trozos simétricos del huarache y les colocó un pedazo de aguacate a cada uno de tal manera que parecían pequeños canapés (o más bien huarachés).
Terminamos más que satisfechas, juraba que no comería nada más en todo el día, sin embargo, en cuanto salí del lugar, recordé que nos habíamos saltado el postre así que, con un antojo renovado, nos embarcamos alegremente en busca del helado perfecto.


A primera vista

Estoy enamorada

¿Cómo estuvo?

Orgásmico


Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el

Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el

Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el

martes, 2 de febrero de 2016

El tamal de la paz (con las manos en la masa)

Lista de cosas que hacen enojar a Bea:
1.       Quedarse sin comer
2.       Que me ponga a jugar rápido y furioso en las calles de la Ciudad de México.
Lo que no sabía era que la combinación de ambas podría resultar en un intento de pandicidio. Así fue como empezó nuestra visita a la Feria del Tamal en Coyoacán. La única razón por la que sigo respirando y por la que llegamos a nuestro destino era el tremendo antojo que ella tenía de tamales desde hacía una semana.
Entramos al museo de las Culturas Populares, hundidas en un silencio sepulcral. A pesar de todas las muestras gratis de tamales y atoles, no lograba que a Bea se le pasara el enojo. Empezaba a creer que era una causa perdida hasta que llegamos al puesto de Chiapas y alguien exclamó las palabras mágicas: “picte de elote”. En ese momento se dibujó una sonrisa en el rostro de mi compañera e inmediatamente pidió uno. Después de casi una hora sin dirigirme la palabra al probar el primer bocado del tamal me miró a los ojos y me dijo conmovida: “¡Sabe a mi abuela!”, ante el canibalismo implícito de la frase, mi rostro se descompuso en una mueca de incredulidad y espanto lo que provocó la súbita carcajada de Bea y corrigió: “O sea, sabe al tamal de elote que hacía mi abuela, dulce, consistente y suave al mismo tiempo”.
Ya con los ánimos repuestos, seguimos recorriendo la feria. Había puestos no sólo de varios estados de la República sino de Venezuela, Chile, Panamá, Colombia y Costa Rica. Muchos tamales se preparaban con crema, queso y salsa;algunos dulces llevaban lechera,nutella y/o frutas frescas.
En el puesto de San Pedro Actopan se ofrecía un tamal de gusano de maguey y Bea, más por morbo que por antojo, decidió probarlo. Al principio pareció gustarle pero cuando le salió el primer gusano descubrió que no era lo suyo. Yo me dejé seducir por un tamal de frijol bañado en mole que estaba buenísimo.
Algo que nunca habíamos comido eran los tamales rellenos de mariscos y ese día tuve la oportunidad de probar uno de camarón del estado de Puebla que estaba suculento, además de uno de manta raya y otro de pulpo ambos de Venezuela que, por cierto, fueron una experiencia verdaderamente religiosa (Jesús les manda saludos).

Para finalizar nuestra degustación, tomamos una bebida tradicional chiapaneca a base de cacao llamada “pozol” que, aunque estaba deliciosa, fue la cereza del pastel de masa que llenó nuestros estómagos hasta dejarnos casi en coma; así que regresamos a casa felices y despacito para que Bea no se enojara de nuevo.

A primera vista

Estoy enamorada

¿Cómo estuvo?



Orgásmico

Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el

Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el

Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el

lunes, 25 de enero de 2016

Echando pata con las tostadas

Nos encontrábamos vagando por el sur de la ciudad, cuando me atacó un hambre feroz. Haru, al darse cuenta del peligro que corría, me llevó rápidamente a un lugar que ella conocía. En menos de dos minutos llegamos al Mercado de Coyoacán; la intención era probar los tacos de cecina que a Haru tanto le habían gustado. Sin embargo, al adentrarnos en el lugar de pronto nos vimos rodeadas de puestos de tostadas.
Como mis instintos asesinos empezaban a aflorar y los vendedores eran persuasivos, consideramos que lo más sensato era probar las dichosas tostadas. El menú era vasto, había pata, tinga, mole, cochinita e incluso mariscos. Yo andaba con ganas de echar pata… digo de echarme una de pata, mientras que Haru optó por la cochinita.
La velocidad con la que el “maestro tostero”preparaba los alimentos nos dejó anonadadas, los guisados parecían brincar de la cuchara hacía las tostadas.
En cuanto probé la pata supe que había sido una gran idea, estaba deliciosa y suave, se mezclaba perfecto con la lechuga, la crema y la salsa. A pesar de lo bien servida que estaba, me la terminé de dos bocados y enseguida pedí una de tinga, igualmente exquisita pues la carne sazonada con chipotle cumplió con las altas expectativas que la pata me había dejado.
A Haru la cochinita la dejó encantada, según ella es de las mejores que ha probado (y se ha echado muchas), pero el hechizo terminó con el mole que, aunque sabía bien, la temperatura no era la ideal, hay cosas que solo se deben comer calientes.

Ya mi hambre saciada y mi antojo satisfecho (pues había estado a dieta toda la semana) regresó mi calma y mi buena vibra habitual, Haru respiró aliviada y tranquilamente continuamos nuestro camino.

A primera vista

Estoy enamorada

¿Cómo estuvo?


Orgásmico 

Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el
Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el

martes, 5 de enero de 2016

Un caldo para cerrar el año

Habíamos llegado a una resolución: era vital cambiar nuestros hábitos alimenticios si queríamos continuar nuestra búsqueda garnachera y no morir en el intento (o pesar 200 kilos al final de año); así que ante la dieta inminente, habíamos planeado un fin de semana sin control y lleno de excesos para despedirnos de la obesidad. El gran final sería un atracón de mariscos, sin embargo, como siempre, las cosas no salieron como las planeamos y después de un sábado lleno de comida chatarra y de cerveza, nuestros estómagos se pusieron en huelga y manifestaron su furia enclaustrándonos en el baño. Para nosotras el Guadalupe-Reyes había terminado.
Conforme pasaban las horas y nuestros cuerpos se iban reponiendo decidimos que, de cualquier forma, necesitábamos algo especial para motivarnos a cumplir la dieta, así que nos dirigimos a un pequeño pero emblemático restaurante situado en los alrededores de la Basílica de Guadalupe: Caldos Zenón.
El lugar era un caos, la gente abarrotaba el sitio y los meseros no se daban abasto. Después de una espera que nos pareció eterna debido al hambre que ya veníamos arrastrando después del desastre nocturno, por fin nos asignaron una mesa y ordenamos rápidamente. Bea, retando a su suerte y a riesgo de sufrir otro episodio diarreico, pidió unas enchiladas verdes con pollo mientras que yo temerosa de Dios (que estaba ahí cerca) y de mi panza sólo pedí un caldo de gallina.
Para mi buena suerte, la comida no tardó mucho, puesto que Bea tiende a odiar al mundo cuando tiene hambre y generalmente se desquita con el ser humano más cercano (o sea yo).
Zenón es conocido internacionalmente por sus caldos y para un estómago convaleciente fue la mejor opción.  Las enchiladas de Bea aunque no fueron sobresalientes, calmaron los instintos asesinos que ya se habían apoderado de ella.

Tal vez no fue el atracón que habíamos planeado para cerrar el año pero fue una digna despedida. Por lo pronto, esperaremos a que nuestros estómagos se restablezcan para poder entrarle duro al camarón y a los mariscos.

A primera vista

Meh... 

¿Cómo estuvo?

He tenido mejores...


Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el

Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el

Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el

lunes, 4 de enero de 2016

Los placeres de la carne

¡Nuestro primer vídeo! Pasen a ver las delicias que encontramos en la feria de la barbacoa, ¡su vida no estará completa hasta que prueben la barbacoa de Rancho Las Cascabelas y Barbacoa don chilaquil creeannos! Y no se pierdan el cameo de nuestros amigos del grupo Grupo Trajineros Oficial y Granja la Abejita Contenta

martes, 15 de diciembre de 2015

Más vale plátano en mano…


Era un día raro, mi humor no era el mejor y Haru no ayudó a que este mejorara, al contario, parecía que su objetivo esa tarde era hacerme enojar. Así que,a regañadientes, dimos un incómodo paseo por el mercado de Casas Alemán. Haru, que de pronto recapacitó, se dio cuenta de que estaba a dos segundos de golpearla y trató de remediar la situación comprándome lo más dulce que encontró.
 Al llegar al puesto, mi mirada se iluminó al ver la gran variedad de postres que ahí se ofrecían: cerezas, manzanas cubiertas, pasteles, duraznos en almíbar, plátanos fritos, fresas con crema y otras delicias. A las dos se nos antojó el plátano pero las fresas se veían tan apetitosas que, inevitablemente, dudé. Haru al darse cuenta de mi vacilación y con el ánimo de congraciarse conmigo, me dijo: “pidamos las dos cosas y compartimos”.
Ya con nuestros postres empacados y dirigiéndonos al auto,vislumbré aquello que me quitaría por completo el mal humor y reviviría mi entusiasmo por la vida: una sensual gomichelaque me atrajo inmediatamente.
Ya en el auto, nos vimos ante una disyuntiva: por un lado, como ya habíamos aprendido, la comida para llevar pierde sus propiedades de consistencia y no queríamos que eso sucediera. Por el otro lado, las gomichelas se veían tan sabrosas que no podíamos esperar a probarlas. Así que las combinamos y rezamos porque no hubiera consecuencias nefastas en nuestros organismos.
Después de ese momento, ya  nada importó, el pleito era cosa del pasado y, emocionadas, nos abalanzamos sobre el plátano. Nunca lo había probado con tantos aderezos, normalmente, me gusta sólo con leche condensada, pero la mezcla de crema, leche, mermelada y granillo de chocolate me abrieron la puerta a un nuevo mundo de sabor. Las fresas estaban buenas sin embargo, no fueron nada del otro mundo.

Nuestras oraciones no fueron suficientes y tristemente, la mezcla del limón de las gomichelas y la crema de los postres no produjeron un resultado agradable en nuestros cuerpos, pero no vale la pena entrar en detalles. Lo que sí puedo afirmar es que todo valió la pena y que no hay disgusto que sea inmune a las cosas dulces.


A primera vista

No le decía que no

¿Cómo estuvo?

He tenido mejores... 


Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el
Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Esta vez nos ganó la humedad…

Estábamos lejos de la civilización (casa de Bea), sin un peso en la bolsa y muertas hambre, a punto de resignarnos a comer cacahuates y medio plátano que había en el frutero cuando una voz angelical proveniente de la madre de Bea nos dijo suavemente: “¿Voy a las quesadillas, van a querer?”.  La esperanza volvió a nuestro rostro y con los ojos llenos de lágrimas, le contestó Bea: “Sí, te acompañamos”.
La espera fue eterna y el hambre feroz; mientras tanto, yo me entretuve jugando con un gato que visitaba el pequeño y concurrido puesto de garnachas ubicado en una recóndita unidad habitacional en Tlahuac.
Desde hace mucho le traía ganas al chicharrón, así que aproveché para quitarme el antojo y pedí dos quesadillas, una con queso. Bea optó por un pambazo y una rebosante tostada de pata. Esa noche, el frío era inclemente así que nos llevamos la comida a la casa.
Ya dispuestas a ingerir nuestros alimentos, me di cuenta (con tristeza) del error que cometí: la humedad de la bolsa le había restado firmeza a mis quesadillas que, aunque estaban buenas, no cumplieron mis expectativas. El pambazo de Bea estaba tan aguado que era imposible manipularlo con las manos, así que tuvo que comerlo con cubiertos, lo cual es imperdonable, ¡un pecado garnachero!
El momento álgido de la cena llegó cuando Bea me ofreció de su pata y yo, que jamás la había probado y que durante mucho tiempo estuve renuente a intentarlo, me atreví a comer un pedazo. La textura me desconcertó, no me gustó tener una masa gelatinosa en la boca pero el sabor no estaba mal, tal vez algún día le de otra oportunidad.
Al final, llegamos a la conclusión de que hay cosas que deben consumirse en el momento y en el lugar, la casa sirve para otras cosas como para acurrucarse y comer palomitas, pero  el lugar de la garnacha siempre, siempre, está en la calle. 


A primera vista

No le decía que no

¿Cómo estuvo?

He tenido mejores... 

Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el

Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el

martes, 1 de diciembre de 2015

Y de la nada: se vino la trucha

No cabe duda que las mejores cosas de la vida suceden sin planearlas. La oportunidad se presentó en el momento justo, teníamos la necesidad de escapar de la rutina y, sin mayor equipaje, nos lanzamos a la aventura.
Después de un largo trayecto, llegamos a un pueblo recóndito: Tlahuapan en Puebla, en donde se celebraba el anual “Festival de la Trucha”.
No había mucho que ver, apenas unos cuantos puestos de comida y un impresionante escenario en donde se presentaban diversos espectáculos como el grupo de rock Sixpack.
Decidimos recorrer el lugar en busca de las truchas, después de todo, era el objeto del festival. Nos sorprendió que hubiera tan pocas opciones para comprar el codiciado pescado. El precio era inmejorable y las formas de cocinarlo eran varias: a la diabla, al mojo de ajo, frita y a la mexicana.
Como pocas veces sucede, Bea supo instantáneamente lo que deseaba: trucha a la diabla; mientras que yo me debatía entre el confort de una trucha frita o arriesgarme a probar de nuevo el picante. Pero no estaba de humor para que me ardiera la boca.
Los platillos estuvieron listos casi de inmediato. Sinceramente, mi trucha no se veía muy apetitosa y, al compararla con la de mi compañera, comencé a pensar que había cometido un error; así que, casi sin pensar, le metí la mano a la trucha de Bea y la probé, estaba sabrosa, pero algo no me convencía, tal vez fue el chile.
Entonces decidí probar la mía, estaba crujiente y deliciosa, calientita y suave por dentro. Lo cual me enseñó que a veces las apariencias engañan y que no debo dejarme seducir tan fácilmente por la primera impresión.
Nos quedamos hasta el cierre del festival, probando comidas más mundanas: plátanos fritos, elotes y un ponche que nos quitó el frio (ya que no hubo posibilidad de quitarse el frio de otras formas…).

Respiramos aire puro, disfrutamos de los espectáculos y regresamos a la ciudad con ganas de volvernos a escapar y de descubrir otro tipo de delicias.

A primera vista

No le decía que no

¿Cómo estuvo?

He tenido mejores... 

Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el

Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el

lunes, 23 de noviembre de 2015

Dejándonos seducir por el borrego

Dicen las malas lenguas que, en la Colonia Obrera, existe un lugar discreto en donde se ofrecen goces que te dejarán satisfecha/o con poco presupuesto. Después de una noche de fiesta y desenfreno, Haru y yo decidimos recorrer media ciudad con el único objetivo de encontrar ese recinto y probar aquellos manjares.
Saliendo de la oscuridad del metro, justo en la esquina de Bolívar y Fernando Ramírez, se erguía soberbio el mentado lugar. Decidí darme gusto con lo más caro que había: un sope con arrachera de $28, mientras que Haru se lanzó sobre una carne menos elegante: un sope de bistec con su acostumbrado quesillo (su gusto no es el más fino, salvo por ciertas excepciones). Antes que nada, fue apremiante echarnos un caldo, el cual alivió un poco los estragos de la noche anterior.
Doña Borrego nos atendió gentilmente, por primera vez desde que decidimos aventurarnos en las calles. Los primeros momentos fueron confusos, había algo que no cuadraba del todo, y entonces Haru lo descubrió: “Un sope sin frijoles, ¿es sope o es taco?”. Sin embargo, me dispuse a probar y a no dejarme influir por ese detalle. El bocado fue crujiente, la salsa tenía el picor adecuado, la arrachera era deliciosa aunque difícil de tragar (siempre he preferido mi carne sin pellejo).
A pesar de tener un tamaño considerable, no me sentí completamente satisfecha así que recurrí a la tortilla y ordené una quesadilla de papa con queso; sorprendentemente, la primera mordida fue indescriptible, mucho mejor de lo que me había imaginado, crujiente y suave a la vez, el sabor era perfecto, el queso se estiraba hacia mi boca exquisitamente. De pronto, la voz de Haru me sacó de mi orgasmo culinario: “¿esto pica?”, preguntó y sin darme tiempo a contestar, tomó la cuchara con salsa dejándome desconcertada (es bien sabido que ella no come chile), grande fue mi desilusión cuando noté sólo una gota de aquel líquido rojo en su plato. “¡Qué cobarde!” exclamé a lo que ella respondió: “No estoy acostumbrada al chile, tiene que entrar de a poquito”. 
Terminamos satisfechas y contentas por haber escuchado la voz de aquel conocedor que nos recomendó el lugar y por haber recobrado la energía suficiente para irnos de fiesta una vez más.

A primera vista: 

No le decía que no.

¿Cómo estuvo?: 

El sope y el consomé: He tenido mejores

La quesadilla: Orgásmica



Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el

Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el

Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el

lunes, 16 de noviembre de 2015

Atascón con las gordas de la Valle Gómez

Llevábamos meses soñándolas. El recuerdo de su sabor permanecía instalado en nuestra memoria como una obsesión constante, hasta esa noche…
La calle Vanadio estaba tenuemente iluminada, el chisporroteo del aceite era el único sonido que rompía el silencio. La emoción hacía que mi corazón casi se saliera del pecho, Bea suspiraba y las miraba fijamente con avidez.
Mi impaciencia fue tanta que no noté a la fila de personas que esperaban su turno para ordenar e intempestivamente exclamé lo que quería, hasta que una voz me regresó a la realidad diciéndome: “¡A la cola!”
Como es su costumbre, Bea, no podía decidirse, miraba los pambazos, luego las gorditas, preguntándose con desesperación “¿Qué quiero?”. Cuando por fin llegó nuestro turno, la tomé de los hombros y mirándola a los ojos le dije: “Recuerda por qué estamos aquí”. Ella, resignada, pidió dos gordas de chicharrón: una verde y una roja.
Yo siempre supe lo que quería: una gorda de frijol y una de chicharrón, sin salsa y con quesillo, pero una vez más le pusieron un freno a mi precocidad y me dijeron que esperara, que el quesillo iba hasta el último.
Una vez que las tuvimos en las manos, no pudimos esperar más, las ganas nos obligaron a devorarlas en el carro, a la luz de los faroles.
La primera mordida fue gloriosa. Esa combinación de queso, crema, lo delgado y crujiente de la masa me transportaron a un universo paralelo en donde sólo nos encontrábamos mi gorda y yo. Hice una pausa para ver a mi compañera de viaje y su cara de éxtasis era indescriptible. Sonreímos al reconocernos cómplices de ese momento de voluptuosidad. Lo que en un primer momento pensé que eran lágrimas de felicidad resultaron ser los efectos del chile. De sus labios brotó una frase que para mí, (que no como chile en ninguna de sus presentaciones) fue difícil de creer: “Me encanta este ardor”.
Sin embargo, dos gordas para cada una, fue demasiado. Los últimos bocados, aunque indudablemente placenteros, se resistían a entrar y aquello terminó en un atascón épico que tuvo funestas consecuencias al día siguiente.

A primera vista: 

Estoy enamorada

¿Cómo estuvo?: 

Orgásmico


Ubicación: 

Calle Vanadio 172 justo atrás del metro Valle Gómez. De 9pm en adelante.

Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el

Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el

lunes, 9 de noviembre de 2015

Tacos Doña More (nuestra primera vez…)

La idea ya venía gestándose desde hace mucho, estábamos seguras de que queríamos hacerlo pero no sabíamos por dónde empezar. Y justo en la esquina de Floricultura y Choferes en la colonia 20 de Noviembre, la vimos. Haru y yo cruzamos miradas y no hubo necesidad de decir nada, sabíamos que ese era el momento en el que íbamos a dar rienda suelta a nuestro deseo. Nos acercamos con miedo pues la More es la más codiciada de la cuadra, filas de gente se arremolinaban para disfrutar de sus delicias. Con voz temblorosa, pues mis habilidades sociales son escasas, le pregunté: “¿Qué es esto?” a lo que ella, fría y condescendiente contestó: “pues, son huevos”.
Había tanto que probar que por unos minutos fui incapaz de decidirme, sin embargo, Haru con su usual determinación, no dudó en abalanzarse sobre la longaniza (por más irónico que parezca) y un taco de costilla de puerco, su debilidad.
Súbitamente lo tuve todo claro y ordené uno de alambre y uno de longaniza (se veía tan apetitosa que también me dejé seducir).
Todo pasó tan rápido y nuestra urgencia era tanta que olvidamos lo más importante: disfrutar de la variedad y salir de nuestra zona de confort, fue entonces cuando decidí sacrificarme y probar algo que no en cualquier esquina se ve: “¿me da uno de chile en nogada, por favor?” exclamé nerviosa pero con el paladar excitado.
El primer bocado fue desconcertante pero conforme iba avanzando todo se volvió más interesante. Haru me miraba incrédula, nunca me había aventurado a tanto, pero la More lo valía.
Salimos de ahí con la satisfacción de que nuestra primera vez fue buena, aunque sabemos que, con la práctica eventualmente todo será mejor.


A primera vista:

No le diría que no.


¿Qué tal estuvo?

Por poquito...

Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el

Una foto publicada por Garnacha Porn (@garnacha_p_o_r_n) el